martes, enero 20, 2026
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Sirat: caminar sin respuestas

Hay películas que no avanzan: se atraviesan

Sirat pertenece a ese tipo de cine que no se deja consumir con facilidad, que exige del espectador algo más que atención y que, a cambio, no ofrece certezas. No explica. No subraya. No tranquiliza. Acompaña.

El propio título lo anuncia. El sirat —el puente, el tránsito, el paso peligroso— no es solo un concepto espiritual o simbólico, sino una forma de estar en la película. Aquí no se trata de llegar, sino de caminar.

Un cine del cuerpo y del paisaje

Sirat se construye desde lo físico. Los cuerpos avanzan por un territorio áspero, hostil, filmado con una cámara que no embellece, pero tampoco juzga. El paisaje no es fondo: es presencia. Pesa, agota, impone su ritmo.

La puesta en escena rehúye el espectáculo y se instala en la repetición, en el cansancio, en el silencio. Cada plano parece preguntar cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer ahí, sin que pase nada en el sentido clásico del término.

El relato como experiencia

Narrativamente, Sirat avanza con lo mínimo. Hay un trayecto, hay personajes, hay una motivación difusa que nunca termina de formularse del todo. Pero el interés de la película no está en el qué, sino en el cómo.

El guion confía en el fuera de campo, en lo no dicho, en lo que se intuye más que en lo que se explica. Es un cine que entiende que la emoción no siempre nace del conflicto explícito, sino de la espera, de la incomodidad, de la duda.

Espiritualidad sin consuelo

Aunque el título remite a lo trascendental, Sirat no es una película espiritual en el sentido reconfortante. Aquí no hay revelaciones ni promesas. Si hay fe, es una fe frágil, hecha de pasos inseguros y decisiones que no garantizan nada.

La película plantea preguntas —sobre el sentido, el sacrificio, la culpa o la redención— pero se niega a cerrarlas. Y en esa negativa encuentra su coherencia.

Un cine que incomoda

Sirat no busca gustar. Tampoco provocar por provocación. Su incomodidad nace de su honestidad: la de no adaptarse al ritmo del consumo rápido ni a las expectativas narrativas más cómodas.

Habrá espectadores que se queden fuera, que sientan rechazo o desconexión. Es parte del riesgo. Sirat no quiere ser entendida por todos, sino atravesada por quien esté dispuesto a caminar con ella.

Al final del camino

Cuando termina, Sirat no deja una conclusión clara, sino una sensación. Algo se ha movido, aunque no sepamos exactamente qué. Como ocurre en los viajes que importan, no es el destino lo que cambia, sino la forma de mirar después.

No es una película para todos los públicos.
Es una película para quien acepta cruzar sin saber qué hay al otro lado.

Y quedarse, aunque no haya respuestas.

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