martes, enero 20, 2026
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OpenAI, y el apocalipsis tecnológico

El problema no es la viabilidad, es el relato

Las grandes tecnológicas llevan años funcionando con pérdidas, quemando capital y prometiendo futuros que aún no existen. No es una anomalía: es el modelo. Amazon tardó décadas en ser rentable; Tesla sobrevivió años bajo la sombra del colapso inminente. Sin embargo, cuando se habla de inteligencia artificial, el marco cambia.

En el caso de OpenAI, cualquier duda financiera se interpreta como una señal de colapso sistémico. No se analiza como empresa: se juzga como símbolo.

La IA como promesa mesiánica (o amenaza terminal)

El discurso público sobre la inteligencia artificial oscila entre dos extremos: la salvación y el desastre. O va a cambiar el mundo para siempre, o está a punto de destruirlo todo —económica, laboral o moralmente—. En ese contexto, una posible quiebra no se lee como una contingencia empresarial, sino como una grieta en el mito.

Mallaby no está diciendo nada especialmente revolucionario desde el punto de vista económico. El coste computacional es enorme, la carrera por escalar modelos es insostenible a largo plazo y la monetización aún no está clara. Todo eso es cierto. Lo discutible es convertir esa fragilidad en profecía.

El click como combustible

El problema no es advertir sobre riesgos reales. El problema es cómo se presentan. “OpenAI podría quebrar en 18 meses” no es tanto una predicción como una forma de ordenar el debate desde el impacto, no desde la complejidad.

Ese tipo de titulares no busca explicar un modelo económico, sino alimentar una narrativa: la de la burbuja a punto de estallar. Una narrativa que tranquiliza a algunos (“ya lo decía yo”) y alarma a otros (“todo va demasiado rápido”), pero que rara vez ayuda a entender mejor qué está pasando.

Lo que de verdad está en juego

Más que la supervivencia de una empresa concreta, lo que está en juego es el modelo de desarrollo tecnológico que hemos normalizado: crecimiento acelerado, dependencia de capital masivo y promesas de disrupción constante.

Si OpenAI fracasa, no será el fin de la inteligencia artificial. Y si sobrevive, tampoco será su consagración definitiva. El error está en personalizar un proceso global en una sola entidad, como si el futuro dependiera de un único actor.

Menos profecías, más contexto

La inteligencia artificial no necesita ni evangelistas ni agoreros. Necesita análisis serenos, marcos críticos y menos fascinación por el colapso como espectáculo. El problema no es que OpenAI pueda quebrar. El problema es que el debate público se haya acostumbrado a pensar en términos de cuenta atrás.

Porque cuando todo se plantea como urgencia, como amenaza o como milagro inminente, lo que desaparece es justo lo más necesario: el tiempo para entender.

Y quizá, como en tantas otras conversaciones contemporáneas, lo que haga falta no sea otro titular apocalíptico, sino otro café… y seguir pensando.

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