El fútbol, otra vez en segundo plano
La final de la Copa de África debía ser una celebración del fútbol africano. Nos encantaría hablar de Brahim y su penalty fallado a «lo panelka» o el golazo del senegalés Pape Gueye que se colgó en el ángulo izquierdo y le dio el triunfo y el título a Senegal. Sin embargo, el partido acabó atrapado en una sucesión de episodios que desviaron la atención de lo esencial y transformaron la final en un escenario de polémica permanente.
Otra vez, el fútbol quedó en segundo plano.
El arbitraje tampoco lo puso fácil
Las decisiones arbitrales marcaron el encuentro desde muy pronto. Protestas, interrupciones y una sensación constante de desconcierto fueron minando el ritmo del partido. Cada acción dudosa añadía tensión, no solo en el campo, sino también en la grada y frente a las pantallas.
La polémica arbitral no fue una discusión técnica: fue el hilo del que tiró todo lo demás.
Cuando un equipo decide marcharse
En ese clima de incredulidad, la Selección de Senegal llegó a abandonar el terreno de juego durante varios minutos como gesto de protesta. Una imagen extrema, poco habitual en una final continental, que hablaba menos de rebeldía que de hartazgo.
Cuando un equipo siente que el partido se le escapa por factores ajenos al juego, algo profundo se ha roto.
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El detalle absurdo que lo resume todo
Entre protestas y tensión apareció una escena casi surrealista: al portero de Senegal intentaron quitarle la toalla que utilizaba para secarse las manos. Un gesto mínimo, aparentemente insignificante, pero profundamente simbólico.
Porque en ese intento de desestabilizar al rival se condensaba el ambiente general: un partido convertido en una batalla de distracciones, trampas pequeñas y nervios desbordados. El fútbol reducido a ruido.
Un cierre sin altura
Ni siquiera la entrega del trofeo logró devolver dignidad al momento. La ceremonia final estuvo marcada por gestos extraños y ausencias difíciles de explicar, con autoridades que evitaron protagonizar el acto de entregar la copa al ganador. Un final frío, deslucido, impropio de una competición que representa a todo un continente.
El triunfo, que debería haber sido el centro, quedó diluido en el desconcierto.
Lo que se pierde cuando el espectáculo manda
Cada uno de estos episodios, tomado por separado, podría parecer anecdótico. Juntos, construyen una imagen preocupante: la de un evento incapaz de proteger su propio valor deportivo.
La Copa África no necesita más teatralidad, ni polémicas artificiales, ni ceremonias vacías. Necesita respeto. Para los jugadores, para las selecciones y para un público que quiere ver fútbol, no caos.
Cuando la final termina siendo recordada por el árbitro, las protestas, una toalla robada o una copa entregada a medias, algo esencial ha fallado. Y no es el fútbol africano. Es el modelo de espectáculo que se le impone.
Porque el ruido puede ser llamativo.
Pero nunca debería ser el protagonista.



